Espacio de Formación de Estudios Eclesiásticos

La generación del agravio

Ensayo Por

Rodrigo Llanos

La generación del agravio

Cuando la política ocupa el lugar de la esperanza

No estamos ante una simple moda juvenil ni ante el regreso mecánico de viejas doctrinas políticas. Estamos ante algo más inquietante: una generación que ha aprendido a mirar el futuro con miedo, las instituciones con sospecha y la vida adulta como una promesa incumplida.

La crisis financiera de 2008 no solo destruyó riqueza; quebró una expectativa civilizatoria. Para muchos jóvenes, estudiar dejó de garantizar ascenso, trabajar dejó de garantizar vivienda, ahorrar dejó de garantizar estabilidad y formar familia empezó a parecer un lujo. La secuencia que había ordenado la vida de generaciones anteriores —educación, empleo, patrimonio, matrimonio, hijos, futuro— se volvió incierta, costosa y, en algunos casos, casi inalcanzable.

No es prudente convertir esta intuición en una afirmación universal sin matices: la experiencia varía por país, clase social y trayectoria familiar. Pero sí existe evidencia suficiente para hablar de una fractura generacional de expectativas. En Reino Unido, la Resolution Foundation señaló que los millennials más jóvenes, nacidos a finales de los años ochenta, ganaban a los 30 años un promedio de 8% menos que miembros de la Generación X a la misma edad; también subrayó que las generaciones jóvenes enfrentan tasas de propiedad de vivienda mucho más bajas y pasan más tiempo atrapadas en el alquiler privado.

Conviene reconocerlo sin condescendencia. El malestar juvenil no nace de la nada. La vivienda se volvió inaccesible en muchas ciudades; el trabajo se hizo más precario; la deuda educativa se convirtió en carga prolongada; la comparación permanente en redes multiplicó la sensación de fracaso; la inteligencia artificial agregó una nueva sombra sobre el porvenir laboral. El artículo de The Economist sobre el llamado socialismo de la Generación Z acierta al señalar que inflación, renta, vivienda e inteligencia artificial forman parte de los agravios reales que alimentan esta nueva sensibilidad política.

Pero la herida económica no basta para explicar el fenómeno. A ella se suma una herida moral más amplia: la impresión de que el mundo mismo se ha vuelto inhóspito. El estudio publicado en 2021 por The Lancet Planetary Health, encuestó a 10,000 jóvenes de 16 a 25 años en diez países y analizó la relación entre ansiedad climática, daño moral percibido y respuesta gubernamental, de ellos, 75% veía el futuro como espantoso; 56% pensaba que la humanidad estaba condenada; 50% creía que tendría menos oportunidades que sus padres; 40% no quería traer hijos a un mundo que percibía en derrumbe; 65% consideraba que los gobiernos abandonaban a la juventud y 60% pensaba que los gobiernos mentían sobre su inacción climática.

Estos datos revelan algo más profundo que una preferencia electoral. Muestran una generación tentada por la desesperanza. Muchos jóvenes no sienten únicamente que tendrán menos patrimonio o que comprarán una casa más tarde; sienten que el futuro se cerró. Cuando una generación mira el porvenir como amenaza, la política deja de ser un espacio ordinario de reformas y empieza a convertirse en escenario de redención o condena.

Allí aparece el fenómeno determinante: la administración política del agravio. Una herida real puede conducir a la madurez, a la responsabilidad y a la búsqueda de justicia. Pero también puede ser explotada hasta convertirse en identidad. El joven herido ya no se comprende desde su dignidad, su libertad y su vocación, sino desde su ofensa. La pregunta deja de ser “¿qué debo construir?” y se transforma en “¿quién me debe reparar?”. El agravio se vuelve pertenencia. La victimización se vuelve capital moral. La indignación se vuelve identidad.

Esa dinámica se ha visto en distintos escenarios. En Chile, el estallido social de 2019 expresó un malestar acumulado que combinaba pensiones, desigualdad, costo de la vida, desconfianza institucional e indignación generacional. No todo lo ocurrido allí puede reducirse a una sola causa ni a una sola corriente política; pero sí mostró cómo un reclamo inicialmente concreto podía abrirse hacia una impugnación mucho más amplia del orden social, cultural y constitucional. En México, por otra vía, el discurso de regeneración pública ha sabido recoger agravios reales —corrupción, desigualdad, abandono territorial, desprecio de élites— y convertirlos en una narrativa moral de pueblo contra adversarios, justicia contra privilegio, reparación contra pasado. En ambos casos, con diferencias enormes, se observa un fondo común: el agravio deja de ser solo reclamo y se convierte en principio ordenador de la política.

En esa operación, la política adquiere un lenguaje casi religioso. Ofrece culpables, promete reparación, distribuye inocencias y condenas, señala herejías, organiza liturgias públicas de denuncia y promete un mundo purificado. La causa sustituye a la vocación, la militancia al examen de conciencia, la acusación al perdón y la reparación histórica sustituye a la redención. El Estado, el movimiento o la revolución cultural prometen aquello que ninguna estructura temporal puede dar plenamente: sentido último, pertenencia absoluta y salvación.

Esta dinámica no puede entenderse solo como un impulso espontáneo de jóvenes inconformes. En América Latina existen redes políticas, encuentros, líderes y lenguajes compartidos que buscan articular proyectos regionales de izquierda. El Grupo de Puebla se define oficialmente como una articulación de líderazgos progresistas comprometidos con la integración y el desarrollo de la región. Además, la declaración constitutiva de su Grupo Parlamentario Progresista Iberoamericano lo describe como un espacio de concertación y articulación política de líderes progresistas ibero-latinoamericanos, orientado a reflexión, acción, integración, solidaridad e incidencia política.

La importancia de estas redes no debe exagerarse hasta convertirlas en explicación total, pero tampoco debe minimizarse ingenuamente. Funcionan como espacios de circulación de diagnósticos, consignas, legitimidades y estrategias: antihegemonía, justicia social, ampliación de derechos, crítica al mercado, reinterpretación histórica, centralidad del Estado y denuncia de las élites. En algunos casos, estos lenguajes conviven con prácticas de concentración de poder e incluso alianzas con el crimen organizado; en otros, adoptan formas institucionales más moderadas. La familia política no es homogénea, pero sí reconocible.

A este plano político se suma otro más decisivo: la disputa por la cultura. La batalla ya no se libra solo en elecciones, parlamentos o programas económicos. Se libra en la educación, en los medios, en las universidades, en el lenguaje, en la memoria histórica, en el arte, en la moral pública y en la manera misma de nombrar la realidad. Quien define qué es opresión, qué es justicia, qué es violencia, qué es inclusión, qué es libertad y qué es progreso obtiene una ventaja decisiva antes de que empiece la deliberación pública.

Por eso la nueva radicalización juvenil no necesita hablar siempre de revolución. Le basta con redefinir el sentido común. Si toda desigualdad es injusticia, toda tradición es dominación, toda autoridad es abuso, toda diferencia es discriminación y toda frustración es deuda social, entonces la política deja de ser búsqueda prudencial del bien común y se convierte en tribunal permanente. Ya no se discute cómo ordenar mejor la convivencia; se decide quién pertenece al lado correcto de la historia.

Las redes sociales han acelerado esta mutación. TikTok, X, Instagram y YouTube no son simples canales neutrales. Premian intensidad, simplificación, gesto moral, denuncia instantánea y enemigo visible. Allí no triunfa necesariamente el argumento más verdadero, sino el más compartible. La complejidad pierde frente a la consigna; la prudencia frente al enojo; la realidad frente al relato. Una generación formada en ese ambiente aprende a experimentar la política menos como deliberación que como performance moral.

La crisis educativa agrava el problema. Muchos jóvenes han recibido escolarización prolongada, pero no siempre formación profunda. Manejan tecnologías complejas, pero desconocen historia, economía básica, filosofía política, antropología, religión y tradición cultural. En ese vacío, las explicaciones totalizantes resultan seductoras porque ofrecen claridad, pertenencia y culpables. Reducen la complejidad de la vida social a una matriz binaria y polarizante, emocionalmente poderosa: víctimas y victimarios, puros e impuros, emancipadores y reaccionarios.

Pero el fenómeno más hondo quizá no sea político ni económico, sino espiritual. Occidente vive desde hace décadas un proceso de distanciamiento de la fe y de debilitamiento de las comunidades religiosas. En Estados Unidos, Pew Research Center encontró que la proporción de adultos identificados como cristianos descendió de 78% en 2007 a 62% en el estudio 2023-2024, mientras que los no afiliados religiosamente pasaron de 16% a 29% en el mismo periodo; aunque el descenso parece haberse estabilizado recientemente, la diferencia generacional sigue siendo relevante.

Esta secularización no produce automáticamente radicalización política. Sería injusto y simplista afirmarlo. Pero sí modifica el modo en que una sociedad interpreta el sufrimiento, la culpa, la esperanza y la redención. Cuando se debilita la gramática religiosa, no desaparece la necesidad humana de sentido; simplemente busca otros cauces.

Ante la falta de oportunidades, muchos jóvenes reaccionan cuestionando gobiernos, instituciones, sistemas, principios y valores, pero no siempre logran determinar las causas y a veces se dispersan en los efectos, con escasas propuestas bien construidas. Esa observación permite comprender el drama sin caricaturizarlo. La indignación juvenil puede nacer de una experiencia real de abandono y, al mismo tiempo, desembocar en diagnósticos pobres o soluciones destructivas.

La pérdida de Dios como fundamento no elimina la moral; la fragmenta y cuando no se reconoce a Dios, se rompe el valor universalizador de la moral; y esa moral fraccionada puede dar lugar a choques de concepciones en lo social, lo político y lo económico, rompiendo la unidad de lo humano y generando antes o después formas de violencia.

Esta es una clave fundamental. No estamos ante una generación sin sed espiritual, sino ante una generación que muchas veces no sabe dónde llevar esa sed. Busca justicia, pero puede confundirla con castigo. Busca comunidad, pero la encuentra en tribus digitales. Busca sentido, pero lo sustituye por militancia. Busca redención, pero la espera de la política. Busca pertenencia, pero la construye alrededor de la herida. Busca esperanza, pero se le ofrece indignación.

Desde una perspectiva humanista cristiana, la respuesta no puede limitarse a defender el mercado contra el Estado. Eso sería demasiado pobre. El mercado es necesario cuando respeta la libertad, la iniciativa, la creatividad y la responsabilidad. Pero una sociedad no se sostiene solo con eficiencia económica. Necesita familia, comunidad, confianza, virtud, arraigo, educación, sentido del límite y apertura a la trascendencia. Sin esos bienes, incluso una economía próspera puede producir individuos solos, ansiosos y espiritualmente exhaustos.

Tampoco basta con responder al radicalismo juvenil mediante descalificación. Muchos jóvenes no necesitan primero una reprimenda, sino una explicación verdadera de su frustración. Hay heridas reales: dificultad para acceder a vivienda, precariedad laboral, ruptura familiar, soledad, ausencia de futuro, instituciones desacreditadas, pérdida de sentido. La cuestión decisiva es qué se hace con esas heridas. Una cultura sana ayuda a transformarlas en responsabilidad, madurez y solidaridad. Una cultura enferma las transforma en resentimiento, identidad victimaria y apetito de poder.

La Doctrina Social de la Iglesia ofrece aquí una vía más completa. Rechaza tanto el individualismo economicista como el estatismo redentor. Afirma la dignidad de la persona, la libertad, la solidaridad, la justicia social, la primacía de la familia, el valor del trabajo, la legitimidad de la propiedad ordenada al bien común y la necesidad de comunidades intermedias fuertes. Su respuesta no consiste en negar los agravios, sino en impedir que el agravio se convierta en fundamento último de la vida social.

La generación joven necesita algo más que consignas de mercado o promesas de redistribución. Necesita recuperar la posibilidad real de construir una vida: trabajar con sentido, formar familia, pertenecer a comunidades vivas, participar en la vida pública, acceder a vivienda, confiar razonablemente en el futuro y descubrir que su dignidad no depende de su utilidad económica ni de su pertenencia a una categoría ideológica. Necesita justicia, pero también esperanza. Necesita reformas, pero también verdad. Necesita instituciones, pero también virtud. Necesita libertad, pero también sentido.

Por eso el problema no es simplemente que algunos jóvenes se entusiasmen con soluciones estatistas. El problema es que muchos han dejado de creer que la civilización que heredaron pueda ofrecerles una vida buena. Cuando una cultura pierde la capacidad de transmitir esperanza, otros ocupan ese espacio con relatos de agravio y promesas de redención política.

La respuesta, entonces, no puede ser nostálgica ni meramente defensiva. Hay que reconstruir las condiciones materiales, culturales y espirituales de la esperanza: una economía que permita formar hogar; una educación que enseñe a pensar; una política que no absolutice el poder; una cultura que no convierta toda herida en bandera; una familia que vuelva a ser escuela de amor y responsabilidad; una fe que no huya del mundo, pero que tampoco permita que el mundo se haga pasar por salvador.

El drama de muchos jóvenes occidentales no es solo que tengan menos patrimonio que sus padres. Es que enfrentan esa pérdida con menos familia, menos comunidad, menos confianza institucional y menos horizonte trascendente. Por eso el agravio económico puede convertirse tan fácilmente en identidad política. Y por eso la respuesta debe ser más profunda que una refutación ideológica: debe ser una reconstrucción moral, social y espiritual del futuro.

La esperanza no vuelve por decreto, ni por consignas, ni por estadísticas, ni siquiera por diagnósticos correctos. Todo eso puede orientar, pero no basta para levantar a una generación herida. La esperanza vuelve cuando el bien se hace visible: cuando una familia sostiene, una comunidad acompaña, un maestro forma, un político sirve, un empresario crea trabajo digno, una institución dice la verdad y un creyente vive lo que cree.

La palabra puede encender una inteligencia; el ejemplo puede despertar una vida. Quizá esa sea la primera tarea ante una generación que aprendió a desconfiar del futuro: no solo demostrarle que algunas promesas políticas son falsas, sino mostrarle que todavía existen vidas verdaderas, comunidades verdaderas, obras verdaderas y una esperanza que no defrauda. Porque cuando el bien se encarna, la desesperanza pierde autoridad. Y cuando una generación vuelve a ver el bien encarnado, el futuro deja de parecer una amenaza y vuelve a parecer una vocación.

Rodrigo G. Llanos Gómez

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