Espacio de Formación de Estudios Eclesiásticos

Creer como acto de la razón

Ensayo Por

Rodrigo Llanos

Creer como acto de la razón

Razón, asentimiento y persona ante la modernidad

Resumen.

La dificultad moderna para creer no nace únicamente de la fe, sino de una razón que ha olvidado su propia amplitud. Cuando lo racional se identifica solo con lo demostrable, no solo se estrecha el acceso a Dios: se empobrece la comprensión misma del hombre.

Este ensayo sostiene que creer no es abdicar de la razón, sino ejercerla en uno de sus modos más humanos: el asentimiento ante una verdad reconocida como digna de ser creída. A partir de la tradición clásica, de Santo Tomás de Aquino, de John Henry Newman y de una comprensión antropológica del conocimiento como apertura a la realidad, se muestra que la fe no es salto ciego, emoción privada ni decisión arbitraria. Es un acto racional, libre y personal, en el que la inteligencia reconoce, la voluntad consiente y la persona entera se compromete con la verdad.

I. La razón estrechada

La dificultad contemporánea para creer no comienza siempre con una negación de Dios. Muchas veces empieza antes, en un nivel más silencioso: en la manera de entender la razón.

Antes de preguntar si la fe es verdadera, la cultura moderna suele haber decidido ya qué tipo de verdad puede ser admitida. Y con frecuencia el criterio es estrecho: solo parece racional aquello que puede demostrarse, verificarse o someterse a un procedimiento concluyente. Lo que no entra en ese marco queda desplazado al terreno de la opinión, de la emoción o de la preferencia privada.

Este modelo ha sido fecundo en el ámbito de las ciencias empíricas. Sería injusto negar su potencia. Ha permitido conocer, medir, intervenir, curar, producir y transformar el mundo material con una eficacia inédita. El problema no está en su legitimidad, sino en su absolutización. Una cosa es reconocer el valor del método demostrativo y otra convertirlo en la única forma válida de racionalidad.

La vida humana no se sostiene solo sobre demostraciones. Nadie ama por demostración. Nadie confía únicamente después de una prueba absoluta. Nadie entrega su vida a una vocación, a una amistad, a un matrimonio, a una causa justa o a una esperanza profunda porque haya recorrido todos los pasos de una deducción formal. Sin embargo, esos actos no son irracionales. En muchos casos son más razonables que la pura neutralidad.

El hombre conoce también por experiencia, por testimonio, por memoria, por signos convergentes, por autoridad confiable, por juicio prudencial. Reconoce la nobleza de una acción, la sinceridad de una palabra, la gravedad de una injusticia, la belleza de una obra, la verdad de una presencia. No siempre puede demostrarlo todo, pero puede saberlo verdaderamente.

Cuando la razón se reduce a lo demostrable, estas formas de conocimiento quedan debilitadas. Lo más decisivo de la existencia empieza a parecer intelectualmente sospechoso. La verdad queda confundida con la comprobación, y la certeza con la evidencia inmediata. Pero una razón incapaz de acoger lo que no puede dominar termina siendo menos racional, no más.

La fe queda atrapada en esa reducción. Se le exige una evidencia que no corresponde a su naturaleza; y, al no ofrecerla en esos términos, se la declara irracional. Pero esto no refuta la fe. Solo muestra que ha sido juzgada desde un concepto insuficiente de razón.

La pregunta importante, entonces, no es todavía si creer es racional. La pregunta previa es más radical: qué significa ser racional. Si la razón es solo cálculo, demostración y verificación, la fe quedará excluida desde el inicio. Pero si la razón es apertura de la inteligencia a la realidad, entonces el acto de creer puede aparecer bajo otra luz: no como una excepción tolerada, sino como una posibilidad propia del conocer humano.

La crisis de la fe es también una crisis de la razón. No porque la razón haya perdido valor, sino porque ha sido empobrecida. Al reducirse a uno solo de sus modos, ha dejado fuera dimensiones esenciales de la experiencia humana. Y entre esas dimensiones está precisamente la capacidad de reconocer una verdad que no se impone como evidencia, pero que se ofrece como digna de asentimiento.

II. Conocer no es solo demostrar

El ser humano no conoce de una sola manera. Demuestra, ciertamente; pero también intuye, compara, escucha, recuerda, interpreta, juzga y reconoce. La inteligencia humana no funciona como una máquina deductiva. Vive en contacto con la realidad, y ese contacto es más amplio que cualquier procedimiento formal.

Hay verdades que se alcanzan por demostración. Otras se conocen por testimonio. Otras se comprenden lentamente, después de una larga familiaridad con la vida. Otras se imponen por la coherencia de muchos signos que, considerados aisladamente, podrían parecer insuficientes, pero juntos permiten una certeza razonable.

Esto ocurre constantemente. Sabemos si alguien es confiable no porque poseamos una prueba matemática de su interior, sino porque su vida, sus palabras, sus gestos y su historia ofrecen una consistencia reconocible. Sabemos que una explicación es verdadera cuando ilumina mejor los hechos que sus alternativas. Sabemos que una persona nos ama no por una demostración lógica, sino por una convergencia de signos en la que la inteligencia no queda anulada, sino profundamente activa.

Quien negara valor racional a todo esto tendría que renunciar a buena parte de la vida humana. Viviría rodeado de datos, pero privado de sentido. Podría comprobar muchas cosas, pero le resultaría difícil confiar, comprometerse, admirar, obedecer, esperar o amar. La existencia exige certezas que no son demostrativas y que, sin embargo, pueden ser plenamente razonables.

Conviene distinguir, por tanto, entre demostración y fundamento. No todo lo que tiene fundamento puede demostrarse de manera concluyente. Y no todo lo indemostrable es arbitrario. Una convicción puede estar apoyada en razones suficientes sin convertirse por eso en una conclusión necesaria.

Aquí aparece una racionalidad más rica: la del juicio. Juzgar no es simplemente aplicar una regla. Es ponderar lo real en su complejidad. Es reunir indicios, valorar testimonios, advertir coherencias, reconocer la proporción entre una afirmación y aquello que la sostiene. Este juicio puede equivocarse, como toda actividad humana; pero su posibilidad de error no lo vuelve irracional.

La reducción racionalista tiende a olvidar esto. Quiere una razón sin riesgo, una certeza sin implicación personal, un conocimiento que no comprometa. Pero las verdades más altas no se entregan así. No porque sean débiles, sino porque exceden el modo de posesión propio de la demostración.

La fe se comprende mejor desde esta amplitud. No pertenece al ámbito de lo irracional, sino al de un asentimiento que no nace de la evidencia directa. Creer no es afirmar sin motivos. Es reconocer que existen razones suficientes para adherirse a una verdad que no se posee como objeto dominado.

Por eso la fe no destruye la razón: la presupone. Exige una inteligencia capaz de escuchar, ponderar, reconocer y asentir. Una inteligencia cerrada a todo lo que no puede demostrar no solo tendrá dificultades para creer; también tendrá dificultades para comprender plenamente al hombre.

III. La fe como asentimiento

La tradición clásica comprendió la fe con una precisión que sigue siendo necesaria. Santo Tomás de Aquino no la presenta como una emoción religiosa ni como una inclinación sentimental, sino como un acto del entendimiento. Creer es afirmar algo como verdadero.

Esta afirmación es esencial. Sitúa la fe dentro del ámbito del conocimiento. El creyente no se limita a sentir, ni a imaginar, ni a proyectar deseos. Asiente. Reconoce una verdad y la afirma. Pero la afirma de un modo particular: no porque la vea directamente, sino porque confía en la autoridad de quien la revela.

La fe, por tanto, no tiene la evidencia de la visión. Si lo creído fuera visto con claridad inmediata, ya no habría fe en sentido propio. Tampoco se alcanza como una conclusión necesaria de una demostración. Su objeto supera lo que la razón puede poseer por sus propias fuerzas. Pero superar la razón no significa contradecirla.

El acto de fe posee motivos. La coherencia interna de la doctrina cristiana, la figura histórica de Cristo, la credibilidad del testimonio apostólico, la continuidad viva de la Iglesia, la santidad, la fecundidad espiritual, la capacidad del cristianismo para iluminar el misterio del hombre: todo ello configura un horizonte razonable de asentimiento.

Estos motivos no obligan como obliga una demostración. No forzan. No eliminan la libertad. Pero tampoco son irrelevantes. Preparan a la inteligencia para reconocer que creer no es absurdo, sino razonable. La fe no nace de un vacío de razones, sino de una plenitud que no adopta la forma de evidencia concluyente.

Aquí interviene la voluntad. No para fabricar la verdad, sino para mover a la inteligencia hacia el asentimiento. En la fe, el entendimiento afirma; la voluntad consiente; la libertad se compromete. No hay sustitución de la razón por la voluntad, sino cooperación de las facultades de la persona.

Esto es importante porque la modernidad suele sospechar de todo acto en el que interviene la voluntad. Piensa que, si la voluntad participa, entonces la verdad queda contaminada por el deseo. Pero no siempre es así. Hay verdades que solo pueden ser acogidas por una persona dispuesta a recibirlas. La mala disposición puede cegar; la buena disposición puede abrir.

La fe no es voluntarismo. El creyente no decide que algo sea verdadero porque quiere que lo sea. Tampoco se limita a aceptar una tradición heredada sin examen. Cree porque reconoce una verdad que se le presenta como creíble, y porque confía en Dios como testigo primero de lo revelado.

Por eso la fe es más firme que una opinión, aunque no posea la evidencia de la ciencia. La opinión vacila porque le falta certeza. La fe asiente con firmeza porque se apoya, en último término, en la verdad de Dios. Su certeza no procede de ver, sino de confiar razonablemente en quien no puede engañarse ni engañar.

La fe es, así, un acto profundamente humano y sobrenatural a la vez. Humano, porque compromete inteligencia, voluntad y libertad. Sobrenatural, porque su objeto último es Dios y porque la gracia eleva interiormente el acto de creer. No es menos racional por ser gracia. Es gracia que no destruye la razón, sino que la sana y la eleva.

IV. Newman y el asentimiento real

John Henry Newman ayuda a comprender algo que la descripción clásica deja abierto: cómo llega una persona concreta a asentir. No basta saber que la fe es un acto del entendimiento movido por la voluntad. Hay que mirar cómo la inteligencia, en la vida real, pasa de los indicios a la certeza.

Newman observa que las convicciones humanas más importantes rara vez nacen de demostraciones formales. La inteligencia no avanza siempre como un geómetra. Muchas veces reconoce la verdad por la convergencia de razones que, tomadas una por una, podrían no ser decisivas, pero juntas producen una certeza legítima.

A esta capacidad la llama sentido ilativo. No es una intuición irracional ni una facultad separada, sino el ejercicio concreto de la razón cuando integra indicios, experiencias, testimonios y coherencias hasta alcanzar un asentimiento. Gracias a esta capacidad, el hombre puede llegar a certezas reales sin convertir cada paso en una prueba formal.

La vida ordinaria confirma esta intuición. Sabemos muchas cosas sin poder reconstruir exhaustivamente el proceso por el cual llegamos a saberlas. No porque carezcan de fundamento, sino porque el fundamento es más amplio que su formulación lógica. La inteligencia puede reconocer una unidad antes de poder explicarla por completo.

Newman distingue también entre asentimiento nocional y asentimiento real. El primero se dirige a ideas abstractas. Puede ser correcto, pero permanece distante. El segundo toca la existencia. No se limita a aceptar una proposición; reconoce una realidad que interpela a la persona.

Esta distinción ilumina poderosamente la fe. No basta afirmar nocionalmente que Dios existe, que Cristo resucitó o que la gracia transforma al hombre. La fe viva implica un asentimiento real: Dios no es una idea dentro de un sistema, sino una realidad ante la cual la persona se sabe llamada.

Por eso la fe auténtica transforma. No porque se le añada desde fuera una consecuencia moral, sino porque la verdad creída afecta al sujeto que la cree. Quien asiente realmente no permanece igual. La verdad reconocida empieza a ordenar la inteligencia, la voluntad, los afectos y la vida.

Newman permite superar una falsa alternativa: o la fe se demuestra como un teorema, o se reduce a una decisión subjetiva. Ninguna de las dos cosas. La fe no es una conclusión geométrica, pero tampoco una elección infundada. Es asentimiento razonable a una realidad que se presenta mediante signos suficientes, acogidos por una inteligencia viva.

Hay en esto una gran lección para la cultura contemporánea. Muchas objeciones contra la fe descansan en la exigencia de una certeza impropia. Quieren que la fe se comporte como ciencia exacta. Pero la fe no pertenece a ese orden. Su certeza es de otra clase: más personal, más existencial, no por ello menos verdadera.

El asentimiento de la fe no evade la razón. La compromete en su ejercicio más concreto. No cree una abstracción impersonal, sino una persona concreta. No se adhiere a un dato aislado, sino a una verdad que ilumina el conjunto de la existencia. Por eso, cuando es real, la fe no solo informa: configura la vida.

V. Inteligencia abierta a la realidad

La reflexión sobre el asentimiento conduce a una cuestión más radical: ¿por qué puede la inteligencia reconocer la verdad? La respuesta exige ir más allá del análisis psicológico o lógico del acto de creer. Hay que atender a la estructura misma del conocer humano.

Una parte de la modernidad ha tendido a entender el conocimiento como representación. Conocer sería tener ante la mente un objeto claro, delimitado y disponible. Este modelo es útil, pero insuficiente. Si se absolutiza, la realidad queda reducida a lo objetivable, y la inteligencia termina encerrada en sus propias operaciones.

Pero conocer no es solo representar. La inteligencia está abierta a la realidad. Antes de elaborar conceptos, antes de organizar sistemas, antes de probar o demostrar, el hombre se encuentra con algo que no produce: lo real se le da. La verdad no comienza como una construcción, sino como una presencia que despierta la inteligencia.

Leonardo Polo ha insistido en la necesidad de no reducir el conocimiento a la presencia objetiva. El problema no está en conocer objetos, sino en creer que todo conocer se agota ahí. La inteligencia humana es más amplia que sus objetos, porque está orientada hacia una realidad que siempre excede lo poseído conceptualmente.

Desde esta perspectiva, juzgar no es imponer una forma mental sobre las cosas. Es responder a lo que se manifiesta. La verdad no depende de la voluntad del sujeto, ni de la coherencia interna de un sistema cerrado. Es adecuación, reconocimiento, apertura a lo que es.

También la percepción sensible, leída desde una antropología realista, ayuda a comprender esta apertura. La sensibilidad no entrega simplemente datos brutos que luego la inteligencia organiza desde fuera. En la experiencia humana, lo sensible ya aparece cargado de inteligibilidad. El mundo no se presenta como un caos neutral, sino como realidad significativa.

Esto permite comprender mejor cómo se forma la certeza. Los indicios no son piezas aisladas que la mente acumula mecánicamente. Son manifestaciones parciales de una realidad que va mostrando su consistencia. La inteligencia reconoce una unidad, y ese reconocimiento puede madurar hasta el asentimiento.

La fe se sitúa en esta misma estructura, aunque la trasciende por su objeto y por la gracia. Creer no significa aceptar algo contrario a la inteligencia. Significa reconocer una verdad que se ofrece de un modo distinto al de la evidencia inmediata. La fe no irrumpe como una violencia contra la razón; aparece como una forma más alta de apertura.

Por eso no basta decir que la fe tiene motivos externos de credibilidad. Es necesario añadir que la inteligencia humana está hecha para la verdad, y que puede reconocerla incluso cuando no la posee plenamente. Si la razón estuviera cerrada sobre sí misma, la fe sería imposible. Pero si la razón es apertura, entonces la fe no es extraña a su naturaleza.

Conocer y creer no son lo mismo. Pero ambos participan de una misma orientación fundamental: la búsqueda y el reconocimiento de la verdad. La fe no añade una facultad artificial al hombre; compromete de modo más pleno su inteligencia, su voluntad y su libertad ante una verdad que lo supera sin negarlo.

VI. La fe ante la cultura contemporánea

La cultura contemporánea no carece de inteligencia. Posee una capacidad extraordinaria para analizar, medir, producir y transformar. Pero muchas veces ha perdido confianza en la razón para las verdades últimas. Sabe mucho sobre medios, pero duda ante los fines. Puede explicar procesos, pero vacila ante el sentido.

De ahí surge una de las dificultades más hondas para creer. No se trata solo de que algunos rechacen ciertas doctrinas religiosas. Se trata de que el horizonte cultural dominante ha debilitado la posibilidad misma de asentir a una verdad que no pueda ser verificada de inmediato.

La fe queda entonces reducida a experiencia privada. Puede ser respetada como consuelo, identidad o tradición, pero se le niega con frecuencia estatuto de verdad. Se acepta que alguien crea, siempre que no pretenda que lo creído sea verdadero en sentido fuerte. La fe es tolerada a condición de volverse inofensiva.

Este desplazamiento afecta también a la persona. Cuando la razón se fragmenta, la vida interior se fragmenta con ella. Por un lado quedan los hechos; por otro, los valores. Por un lado, lo verificable; por otro, lo significativo. Por un lado, la técnica; por otro, las preguntas últimas. El resultado no es una mayor lucidez, sino una dificultad creciente para integrar la existencia.

En este contexto, la transmisión de la fe no puede limitarse a acumular argumentos. Los argumentos son necesarios, pero no bastan si la inteligencia ha sido educada para desconfiar de todo lo que no adopta la forma de demostración. Tampoco basta presentar la fe como experiencia subjetiva, porque entonces se confirma el prejuicio que la expulsa del ámbito de la verdad.

Lo necesario es recuperar una razón más plena. Una razón capaz de reconocer que hay certezas no demostrativas, verdades recibidas por testimonio, conocimientos personales, juicios prudenciales, evidencias morales, signos históricos y experiencias de sentido. Solo dentro de esa amplitud la fe puede aparecer como lo que es: no una negación del pensamiento, sino una forma eminente de asentimiento.

Esto tiene consecuencias intelectuales y pastorales. No se trata de forzar la fe desde fuera, como si creer fuera una conclusión inevitable para quien escucha suficientes argumentos. La fe no se impone así. Pero tampoco se trata de renunciar a la verdad y refugiarse en la emoción religiosa. La tarea consiste en ayudar a la inteligencia a reconocer la consistencia de lo que se le presenta.

La razón necesita ser ensanchada, no humillada. Necesita recordar que su grandeza no consiste en dominarlo todo, sino en abrirse a la realidad. La fe se hace posible cuando la persona descubre que la verdad no siempre se entrega bajo la forma de posesión, y que hay verdades que solo pueden recibirse con humildad.

En el fondo, la modernidad no ha superado la cuestión de la fe. La ha desplazado. Al reducir la razón, ha hecho que creer parezca extraño. Pero quizá lo extraño no sea creer, sino haber construido una idea de racionalidad incapaz de dar cuenta de la vida humana en su totalidad.

VII. Creer como acto pleno de la razón personal

Llegados a este punto, la pregunta inicial puede responderse con mayor precisión. Creer no es irracional. Tampoco es un simple complemento emocional de la razón. Es un acto en el que la inteligencia reconoce una verdad no evidente, la voluntad consiente en ella y la persona entera se abre a su fuerza transformadora.

La razón no solo demuestra. También reconoce. No solo posee objetos. También recibe la realidad. No solo calcula. También juzga. No solo exige pruebas. También acoge testimonios dignos de confianza. Si se olvida esto, la fe parecerá una anomalía. Pero entonces también muchas de las certezas más humanas quedarían sin explicación.

La tradición clásica permite afirmar que la fe es asentimiento del entendimiento. Newman muestra cómo ese asentimiento se produce en la vida concreta, mediante una convergencia de motivos reconocidos por una inteligencia viva. Y una antropología realista del conocer permite comprender por qué esto es posible: porque la inteligencia humana está abierta a la verdad antes de todo método, de toda formalización y de toda prueba.

La fe no es un conocimiento inferior por carecer de evidencia directa. Es un modo distinto de acceso a la verdad. Su certeza no es la de quien ve, sino la de quien confía en Dios que revela. No por eso es débil. La confianza puede ser racional cuando quien habla es digno de crédito; y en la fe, el fundamento último del asentimiento es la autoridad misma de Dios.

Esta confianza no elimina la oscuridad. La fe no ve cara a cara. No convierte el misterio en objeto disponible. No cancela la búsqueda ni disuelve las preguntas. Pero la oscuridad de la fe no es irracionalidad. Es la condición de una verdad que supera la medida de la inteligencia sin violentarla.

Creer implica humildad intelectual. El creyente reconoce que la razón no produce la verdad, que no la domina y que no la agota. Pero también reconoce que puede recibirla. Esta humildad no rebaja la razón; la purifica de la pretensión de autosuficiencia.

Por eso la fe compromete a la persona entera. No se cree de verdad sin que la vida quede tocada por lo creído. La fe no es solo una afirmación doctrinal, aunque incluya doctrina. No es solo experiencia interior, aunque transforme la interioridad. No es solo obediencia, aunque implique docilidad. Es asentimiento vivo a Dios que se revela.

La oposición entre fe y razón nace, en buena medida, de una mala comprensión de ambas. Una razón reducida a demostración no puede comprender la fe. Una fe separada de la razón se vuelve frágil, sentimental o voluntarista. Pero cuando la razón recupera su amplitud y la fe se comprende según su naturaleza propia, ambas dejan de aparecer como enemigas.

Creer no es abdicar de la razón ante lo oscuro. Es el acto por el cual la persona, alcanzada por una verdad que no puede dominar pero sí reconocer, consiente libremente en ella. Allí la razón no se apaga: se ensancha.

Rodrigo G. Llanos Gómez

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