Cuando san Agustín dice: “si lo comprendes, no es Dios”, no está negando que podamos decir algo verdadero sobre Dios. Está negando que podamos abarcar a Dios en un concepto. Dios no cabe dentro de nuestra inteligencia como un objeto dominado. Todo lo que entendemos de Él es real, pero limitado; verdadero, pero no total. La mente puede tocar el misterio, pero no poseerlo.
Cuando san Juan afirma: “Dios es amor”, no pretende reducir a Dios a una idea manejable. No dice: “Dios es solamente aquello que tú entiendes por amor”. Dice algo más radical: el misterio último de Dios, aunque exceda todo concepto, no es absurdo, arbitrariedad o pura fuerza; es Amor. Pero ese Amor es divino, infinito, trinitario, creador, redentor, santo. No es simplemente emoción, simpatía, afecto humano o benevolencia sentimental.
La armonía sería esta:
Dios es amor; pero el Amor que Dios es supera infinitamente lo que nosotros entendemos por amor.
San Juan nos da una afirmación verdadera sobre Dios. San Agustín nos impide convertir esa afirmación en posesión conceptual. Juan revela el nombre íntimo del misterio; Agustín recuerda que sigue siendo misterio.
Dicho de otro modo: podemos saber que Dios es amor, porque Dios se ha revelado;
no podemos agotar qué significa que Dios sea amor, porque Dios es infinito.
La frase de Agustín protege la trascendencia.
La frase de Juan revela la intimidad.
Sin Agustín, podríamos trivializar “Dios es amor” hasta volverlo consigna sentimental.
Sin Juan, podríamos imaginar la trascendencia divina como lejanía fría, poder puro o misterio impersonal.
Juntas dicen algo precioso: Dios es un misterio inabarcable, pero no oscuro en su corazón; su corazón es Amor.