Espacio de Formación de Estudios Eclesiásticos

El mal no tiene la última palabra

Ensayo Por

Rodrigo G. LLanos Gómez

El mal no tiene la última palabra

Una respuesta católica al problema del sufrimiento y la existencia de Dios

La existencia del mal constituye la objeción más grave contra la fe en un Dios omnipotente y bueno. No es una dificultad marginal ni un problema reservado a especialistas. Aparece allí donde un inocente sufre, donde la libertad se convierte en violencia, donde una enfermedad destruye una vida o donde la muerte parece cancelar toda posibilidad de justicia.

No hace falta ir lejos. En cualquier hospital infantil se repite, cada semana, un caso como este: una niña de cinco años muere de leucemia tras dos años de tratamiento, y sus padres, que han rezado cada noche, la entierran.

Nada de lo que sigue debe leerse como si esa niña no existiera.

La formulación más conocida de la objeción suele atribuirse a Epicuro, aunque nos ha llegado a través de Lactancio, escritor cristiano del siglo IV, que la cita para refutarla:

Si Dios quiere impedir el mal, pero no puede, no es omnipotente.
Si puede impedirlo, pero no quiere, no es bueno.
Si puede y quiere impedirlo, ¿por qué existe el mal?
Y si ni puede ni quiere, ¿por qué llamarlo Dios?

El argumento parece obligar a escoger entre tres afirmaciones: Dios es bueno, Dios es omnipotente, el mal existe. Pero la contradicción solo aparece si se añade una cuarta premisa, que el dilema da por supuesta y no demuestra: que un Dios bueno y omnipotente tendría que impedir todo mal que pudiera impedir.

La teología católica rechaza esa premisa, pero no pretende resolver el sufrimiento con una fórmula. Mostrar que no hay contradicción entre Dios y el mal no quita gravedad al problema: la deja entera.

La tesis de este ensayo es más sobria:

La existencia del mal no demuestra que Dios no exista. La razón puede comprender parcialmente qué es el mal y cómo puede surgir en una creación finita y libre, pero no explicar exhaustivamente cada sufrimiento. La respuesta cristiana culmina en Cristo crucificado y resucitado: Dios no permanece fuera del mal, sino que entra en él, lo combate, lo redime y garantiza que no tendrá la última palabra.

1. Tres dimensiones del problema

Bajo la expresión “problema del mal” se reúnen tres cuestiones distintas.

La primera es lógica: ¿son incompatibles Dios y el mal? Para responderla basta mostrar que es posible que un Dios bueno tenga razones suficientes para permitir ciertos males; no hace falta conocerlas.

La segunda es evidencial, de peso de la evidencia: aunque no haya contradicción, ¿la cantidad, la intensidad y la aparente gratuidad del sufrimiento no vuelven improbable a un Dios bueno? Esta es más difícil, porque no pregunta por la posibilidad del mal, sino por su desmesura.

La tercera es existencial: ¿cómo seguir creyendo después de una injusticia irreparable, una enfermedad devastadora o la pérdida de alguien amado? Esta no se resuelve con un silogismo, con un razonamiento bien armado. Una explicación correcta puede ser insuficiente ante una víctima.

Una teología responsable distingue los tres niveles. De lo contrario, o reduce el sufrimiento a un problema teórico, o renuncia a la razón bajo el pretexto del misterio. Y acepta una regla que vale para todo lo que sigue: cada explicación dirá de dónde viene el mal; ninguna dirá por qué se permite este mal. Explicar por qué existe la leucemia no es explicar por qué la padeció esa niña.

2. El mal no es una realidad creada por Dios

El dilema trata como equivalentes dos actos distintos: querer el mal y permitirlo.

Dios no quiere el mal moral. No quiere la tortura, el homicidio, la traición, la mentira ni la humillación del inocente. Que permita una acción mala no significa que la apruebe ni que la quiera como fin.

La experiencia humana lo entiende. Un padre deja que un hijo afronte las consecuencias de una decisión equivocada sin desear su daño. Un médico acepta un dolor limitado para curar. Una autoridad prudente tolera un mal menor cuando impedirlo produciría uno mayor.

Las analogías no explican la providencia, el modo en que Dios gobierna el mundo: en todas ellas quien permite tiene un poder limitado, y en Dios no existe ese límite. Muestran algo más modesto, pero suficiente contra el dilema: permitir no es aprobar.

Para que el argumento fuera concluyente tendría que demostrar algo más fuerte: que un ser perfectamente bueno no podría tener ninguna razón para permitir ningún mal.

Es exactamente lo que el dilema presupone y no demuestra.

San Agustín y santo Tomás añaden una precisión decisiva: el mal no es una sustancia ni un principio enfrentado al bien, sino la privación de un bien debido, la falta de algo que debería estar.

La ceguera es un mal porque falta la vista en un ser hecho para ver. La enfermedad, porque lesiona la integridad de un organismo vivo. La injusticia, porque desordena una voluntad capaz de reconocer el bien. La mentira presupone inteligencia, lenguaje y verdad. Incluso el dolor físico, lo que más se resiste a ser llamado ausencia, es la señal con la que un organismo advierte un daño: lo que en él hay de mal es el daño que anuncia y la desmesura con que a veces lo anuncia.

El mal depende del bien al que daña.

No hay corrupción sin algo corruptible; no hay traición sin una relación previa; no hay injusticia sin alguna medida de justicia. El mal puede disminuir, deformar o destruir bienes particulares, pero no puede existir por sí mismo.

Esta dependencia se vuelve contra el propio dilema. Quien denuncia el sufrimiento del inocente como injusticia intolerable no describe un hecho desagradable: apela a una medida del bien que el mundo debería cumplir y no cumple. La protesta contra el mal presupone un orden del bien que no es invención de quien protesta. La objeción no queda anulada, pero sí situada: es más inteligible en un mundo fundado en el bien que en un universo indiferente.

Por eso Dios no crea el mal como crea seres, facultades, actos y bienes.

Santo Tomás lo explica distinguiendo el acto y su defecto. Todo acto, en cuanto tiene ser y eficacia, depende de Dios como causa primera, como origen de cuanto existe. Pero el desorden no es un ser añadido al acto; es una deficiencia de quien actúa, de la causa creada. Dios causa que la criatura actúe. No causa que actúe desordenadamente.

Esta doctrina dice qué es el mal y de dónde viene. No dice por qué se permite este mal.

Que la ceguera sea ausencia de visión no responde por qué una niña nace ciega.

La metafísica del mal, que dice lo que el mal es, no sustituye a la teología de la providencia, que dice lo que Dios hace con él; solo le deja la pregunta más limpia.

3. Libertad, amor y mal moral

Gran parte del sufrimiento humano procede de decisiones libres: guerras, abusos, explotación, corrupción, homicidios, persecuciones y traiciones.

¿Por qué Dios crea seres capaces de cometerlos?

Porque una criatura personal no puede amar si carece de libertad. Un ser programado para hacer solo actos correctos funcionaría de manera impecable, pero no elegiría el bien ni se entregaría por amor.

El amor no se produce por coacción.

La libertad, sin embargo, no encuentra su plenitud en la elección arbitraria. Ser libre no significa que el bien y el mal valgan lo mismo; la libertad se perfecciona al reconocer y querer el bien. El pecado no es su máxima expresión, sino su fracaso: la voluntad se vuelve contra el bien que podría realizarla.

Se objeta que Dios mismo y los bienaventurados son libres y no pueden pecar; luego la libertad no exigiría la posibilidad del mal. Es cierto. Pero esa incapacidad de pecar es el fin de un camino, no su comienzo: quien llega a la unión definitiva con el bien no la recibe como un dato de fábrica, sino como el término de una historia en la que ha dicho que sí. La posibilidad de decir que no pertenece al camino, no a la meta.

Pero esta defensa explica solo una parte.

Dios podría impedir una atrocidad sin destruir la libertad humana; podría limitar los efectos extremos de nuestras decisiones sin convertir la historia en un mecanismo. La dificultad no está en que exista la posibilidad de obrar mal, sino en que se permitan males tan desproporcionados.

La teología debe reconocer aquí su límite. No sabemos por qué Dios impide algunos males y permite otros; pretender saberlo sería confundir una explicación parcial con una visión total.

4. Omnipotencia, causalidad y providencia

Omnipotencia no significa capacidad de realizar contradicciones.

Dios no puede hacer que algo exista y no exista a la vez, ni crear una voluntad libre y determinar desde fuera cada una de sus decisiones.

Pero el problema serio no es pedir una libertad contradictoria. Es preguntar por qué Dios crea un mundo cuyas posibilidades conoce enteramente y por qué interviene en unos casos y calla en otros.

Dios ha querido que sus criaturas sean causas de verdad: que sus decisiones tengan consecuencias y que la historia no sea una representación corregida desde fuera. La providencia no suprime las causas creadas; las sostiene y obra a través de ellas.

Esto explica que Dios no neutralice cada acción humana. No revela el criterio de cada intervención ni de cada silencio.

La fe no afirma que todo silencio sea comprensible. Afirma que la omnipotencia no es arbitrariedad: está unida a la sabiduría, la bondad y el respeto por el orden creado.

5. El sufrimiento natural y la creación herida

La libertad explica el mal moral, pero no los terremotos, las enfermedades, los accidentes, el sufrimiento animal, el envejecimiento ni la muerte.

La teología católica rechaza que toda desgracia sea consecuencia de una culpa. Job lo niega; Cristo lo niega cuando se rehúsa a atribuir una enfermedad o una tragedia a la culpa de quien la padece.

El mundo creado es bueno, pero no es Dios. Es material, finito, cambiante y vulnerable.

Un universo con estabilidad y causalidad propias incluye procesos que producen bienes y, a veces, daños. El fuego calienta y destruye. El agua sostiene la vida y ahoga. La reproducción celular permite crecer y puede degenerar en enfermedad. Los procesos geológicos configuran la tierra y la sacuden.

Un mundo material no puede suspender sus consecuencias cada vez que amenazan con producir dolor. Sin regularidad causal no habría ciencia, previsión, responsabilidad ni acción humana eficaz.

La regularidad de la naturaleza explica que haya riesgos. No explica por qué algunos dolores alcanzan niveles extremos ni por qué ciertas vidas quedan destruidas sin bien reconocible. Una niña de cinco años no es un riesgo estadístico.

La pregunta más difícil permanece:

¿No habría podido Dios crear un mundo estable y, al mismo tiempo, menos doloroso? No tenemos respuesta.

La doctrina del pecado original tampoco es una explicación mecánica de cada desgracia. Expresa una ruptura más honda: la criatura, llamada a recibir de Dios su ser y su plenitud, pretende fundarse a sí misma.

Distingamos dos planos.

La materia, por ser materia, es corruptible; el sufrimiento animal y las catástrofes preceden en millones de años al hombre y no son culpa suya. Pero el hombre, sostiene la tradición, fue llamado a una armonía original y recibió dones que lo preservaban de la muerte tal como hoy la conocemos. El pecado no crea su finitud; rompe aquella armonía.

Por eso ninguna muerte ni enfermedad es, sin más, castigo, ni cada sufrimiento se deduce del pecado original. La doctrina describe una naturaleza buena que ha perdido su integridad; no da la causa de cada dolor.

Admitir este límite no destruye la fe. Impide convertirla en una explicación imaginaria.

6. Job y el sufrimiento aparentemente gratuito

El libro de Job es la corrección decisiva de toda teodicea, de todo intento de justificar a Dios ante el mal.

Los amigos de Job intentan defender la justicia de Dios mediante un esquema sencillo: si Job sufre, debe haber pecado; si Dios es justo, la desgracia tiene que corresponder a una culpa.

Job rechaza esa explicación porque sabe que no responde a su vida.

El relato no ofrece una teoría que vuelva transparente el sufrimiento. Dios no revela a Job la cadena de causas de cada pérdida; le muestra que la realidad es más amplia que su comprensión y que la providencia no es un sistema de premio y castigo.

Job enseña que el hombre puede protestar ante Dios sin abandonar necesariamente la fe. El lamento no es siempre negación; puede ser una forma herida de relación.

Enseña también que nadie tiene derecho a inventar la razón del sufrimiento ajeno. Quien asegura a una víctima que Dios quiso su dolor para enseñarle algo puede añadir violencia religiosa a una herida real.

Lo más difícil no es que exista el mal, sino que existan sufrimientos que parecen gratuitos: dolores de los que no se deriva ningún bien visible y cuya víctima no alcanza a ver sentido alguno.

Iván Karamázov lo formuló mejor que cualquier filósofo: no niega a Dios, pero le devuelve la entrada; no acepta una armonía final comprada con la lágrima de una sola niña torturada. La respuesta cristiana no puede consistir en defender esa armonía, porque no la afirma: ningún bien futuro convierte en aceptable aquella lágrima. Lo que afirma es otra cosa.

La teología no puede convertir esos casos en pedagogía divina comprendida desde fuera. Puede afirmar algo más limitado y, a la vez, más hondo: que la ausencia de un bien visible no demuestra la ausencia de sentido; que el bien redentor no tiene por qué adoptar la forma de una utilidad; y que la respuesta debida a la víctima no es causal, sino personal y escatológica: no una explicación, sino alguien que responde, y un final que aún no ha llegado.

El argumento tiene un límite, y debe declararse: si nuestra ignorancia de las razones de Dios justificara cualquier mal, serviría también para no combatir ninguno. La fe lo usa al revés: no para excusar el mal, sino para negarle el derecho a dictar el sentido final de una vida.

La fe no explica el sufrimiento aparentemente gratuito convirtiéndolo en necesario. Afirma que tampoco ese sufrimiento, tampoco el de la niña del comienzo, queda fuera de la presencia y de la promesa de Dios.

7. Cristo y la justicia que la historia no puede dar

Algunas injusticias pueden repararse: devolver lo robado, restituir un derecho, pedir perdón, reconstruir una institución.

Otras son irreversibles dentro de la historia.

Ninguna sentencia devuelve la vida a una persona asesinada. Ninguna indemnización restituye una infancia destruida. Ninguna victoria política repara por completo a una generación exterminada.

Si la historia visible fuera toda la realidad, muchas víctimas quedarían abandonadas sin remedio. El verdugo y la muerte tendrían, en último término, más poder que la justicia.

La esperanza cristiana afirma que la historia no se cierra sobre sí misma. La resurrección y el juicio no son adornos de la fe; responden a la insuficiencia de la justicia temporal.

San Pablo oye gemir a la creación entera en espera de su liberación: el final que Dios promete no desprecia el mundo, lo transforma.

La razón filosófica llega hasta aquí: puede mostrar que el mal no es una realidad positiva creada por Dios, que la libertad explica parcialmente el mal moral, que la finitud hace inteligible la vulnerabilidad del mundo y que, si la historia fuera toda la realidad, la justicia quedaría incompleta. Lo que no puede es garantizar que no lo sea.

La respuesta cristiana comienza en la Encarnación: Dios se hace hombre y no contempla el sufrimiento desde una distancia inmune.

En Jesucristo entra en la historia, asume la vulnerabilidad, conoce el rechazo, la traición, la injusticia, la tortura y la muerte. La Cruz coloca en el centro de la fe no una teoría abstracta, sino el sufrimiento del Inocente.

Esto no explica por qué ocurre cada tragedia; compartir el sufrimiento no es justificar su permisión. Pero transforma la imagen de Dios.

El Dios cristiano no exige a la criatura atravesar una condición que él se niega a asumir. En Cristo, Dios entra en el lugar de la víctima.

La Cruz no vuelve bueno el mal. La traición sigue siendo traición; la tortura sigue siendo crueldad; la condena del inocente sigue siendo injusticia.

Dios no redime aprobando el mal. Lo redime impidiendo que el mal determine para siempre el sentido de la historia.

Que Dios pueda sacar bien del mal no significa que lo necesite. El pecado no es una herramienta de sus fines; el sufrimiento no es materia prima para amar, crear o salvar. Pero, una vez que el mal aparece, la providencia impide que su significado quede fijado por quien lo produce.

Quienes condenan a Cristo pretenden destruirlo. No logran convertir el crimen en fundamento de la historia. La Resurrección revoca la pretensión última del poder que mata.

Eso es redimir: no borrar mágicamente lo sucedido ni declarar que en realidad fue bueno, sino arrancar al mal su pretensión de ser definitivo.

8. El mal no tiene la última palabra

La afirmación central del cristianismo no es que el mal sea insignificante.

Si lo fuera, no habría sido necesaria la Cruz.

Tampoco afirma que todo sufrimiento pueda explicarse desde la vida presente. Si así fuera, Job habría recibido una teoría y no el encuentro con un misterio mayor que él.

La fe cristiana afirma algo distinto:

El mal es real, pero no originario.
Tiene poder, pero no soberanía.
Puede destruir bienes, pero no fundar la realidad.
Puede matar, pero no decidir definitivamente el destino de la persona.

La Resurrección niega a la muerte la autoridad final. Sin ella, la Cruz sería el triunfo de la violencia sobre un inocente; con ella, es el lugar donde el amor atraviesa el poder de la muerte y lo vence.

La esperanza eterna no justifica la injusticia presente. La vuelve más intolerable.

Precisamente porque ninguna persona está destinada al olvido, el cristiano debe combatir toda forma de degradación humana. La providencia no anula la responsabilidad. La hace más grave.

La pregunta “¿por qué Dios permite el mal?” debe acompañarse de otra:

¿Por qué permitimos nosotros el mal que podríamos impedir?

Buena parte del sufrimiento atribuido genéricamente a Dios procede de decisiones humanas: estructuras injustas, violencia, corrupción, negligencia, indiferencia.

El cristiano no puede invocar el misterio para desentenderse del herido. No puede hablar de eternidad para negar justicia en la historia. No puede proclamar la redención mientras permanece aliado con aquello que destruye.

Creer que el mal no tiene la última palabra significa comenzar ya a disputarle la penúltima.

Conclusión

El dilema de Epicuro no demuestra la inexistencia de Dios. Muestra hasta dónde llega la razón, y dónde la fe sigue de otro modo.

La respuesta cristiana no se agota en una explicación. Culmina en Cristo.

En la Cruz, Dios entra en el sufrimiento de la criatura.

En la Resurrección, niega a la muerte la última palabra.

En la esperanza del juicio, promete que ninguna víctima, ni la niña del comienzo, será olvidada.

Y en el mandamiento del amor, compromete al creyente a combatir aquí y ahora cuanto humilla, hiere o destruye.

El mal no tiene la última palabra.

La última palabra pertenece al amor que crea, entra en el sufrimiento y resucita a los muertos.

Rodrigo G. Llanos Gómez

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