A las nueve de la mañana, en la fila de una oficina pública, un hombre sostiene una carpeta azul con copias, recibos y una constancia que tuvo que conseguir después de faltar unas horas al trabajo. La acomoda contra el pecho para que no se maltrate. Junto a la pared hay una silla rota y, en una mesa pequeña, una pluma amarrada con un cordón demasiado corto. El guardia repite que nadie pase sin turno. El hombre mira el reloj. Sabe que si tarda demasiado le descontarán el día o tendrá que inventar una explicación que no suene a excusa. En el teléfono tiene un mensaje de su jefe —“¿ya quedó?”—, un audio de su madre del que alcanza a escuchar apenas “mijo, cuando puedas…” antes de pausarlo, y una noticia breve sobre una carretera cerrada por violencia. Más adelante alguien pregunta si falta mucho. Nadie sabe.
No hay en esa escena una tragedia visible. Hay algo más común y, por eso mismo, más revelador: una vida ordinaria atravesada por exigencias que no se detienen. El Estado le pide documentos; el trabajo, disponibilidad; la familia, presencia; la inseguridad, prudencia; el teléfono, respuesta. No está fuera del sistema. Al contrario, aparece en demasiados sistemas a la vez. Lo registran, lo solicitan, lo apuran, lo clasifican, lo convocan. Pero nada de eso garantiza que sea acompañado.
En México y en buena parte de Hispanoamérica esta experiencia tiene una densidad particular. La violencia no solo mata; modifica rutas, horarios, conversaciones y silencios. La precariedad no siempre significa miseria absoluta; a veces consiste en no poder enfermarse, no poder perder un día, no poder equivocarse en un trámite. La familia sostiene lo que las instituciones no alcanzan, y esa solidaridad cotidiana, admirable en su generosidad, revela también una herida: demasiadas personas siguen de pie porque alguien cercano carga con lo que la vida pública deja sin resolver.
La persona abandonada nace ahí. No es solamente quien queda excluido de los bienes materiales, aunque esa exclusión sea una forma de injusticia. Es también quien vive reconocido por fragmentos: como usuario, trabajador, votante, beneficiario, cliente, expediente o dato. Cada una de esas categorías cumple una función; ninguna alcanza a decir quién es. El abandono contemporáneo no siempre expulsa. A veces integra de manera insuficiente. Incorpora a la persona en mecanismos que funcionan, pero no necesariamente intentan mirarla entera.
El joven sin horizonte conoce esa insuficiencia por otro camino. No le falta información; le sobra. Aprende pronto que el mundo es frágil: violencia, corrupción, crisis ambiental, incertidumbre económica, instituciones que prometen más de lo que cumplen, adultos que transmiten cansancio antes que esperanza. Vive rodeado de opciones, pero no siempre ha recibido criterios. Se le habla de autenticidad, de elección, de identidad, de libertad personal; pocas veces se le entrega una tradición viva que pueda discutir, agradecer, purificar y continuar.
Una cultura que protege al individuo frente al abuso del poder realiza una conquista que no debe despreciarse. Pero cuando esa protección se reduce a dejar espacio para elegir, sin una idea suficientemente alta del bien humano, el joven queda a solas con sus posibilidades. Puede expresarse, pero no siempre ha sido formado para juzgar. Puede reinventarse, pero esa promesa termina a veces convertida en peso. Puede rechazar lo heredado, pero no siempre encuentra algo más verdadero que poner en su lugar. La libertad, cuando pierde orientación, no desaparece; se vuelve cansancio.
Por eso muchas formas actuales de increencia no nacen simplemente de una argumentación contra Dios. Nacen de una distancia existencial. Dios aparece como una palabra respetable, pero lejana; una herencia que no siempre parece iluminar la ansiedad, la soledad, el deseo, la culpa, el amor o la muerte. Si la fe se transmite solo como norma, costumbre o pertenencia cultural, pero no como luz sobre la vida concreta, es comprensible que muchos jóvenes la perciban como algo exterior. Sin embargo, cuando se abandona la pregunta por la verdad última del hombre, la necesidad de sentido no desaparece. Se desplaza hacia sustitutos más inmediatos: la causa, la imagen, el éxito, la indignación, la identidad o la promesa de una vida diseñada por completo desde uno mismo.
El ciudadano usado por la política habita otra forma del mismo abandono. Escucha que el pueblo ha despertado, que los agravios serán reparados, que ahora sí los olvidados ocuparán el centro. No conviene burlarse de esas palabras: tocan heridas reales. En nuestros países ha habido desigualdad, desprecio, corrupción, abandono territorial, violencia e impunidad. Sería injusto pedir serenidad a una sociedad lastimada sin reconocer primero la profundidad de su herida. Pero precisamente porque el dolor es verdadero, puede ser convertido en instrumento.
El poder que se presenta como redentor no inventa el sufrimiento; lo administra simbólicamente. Ordena la indignación, asigna culpables, distribuye pureza y sospecha. El ciudadano deja de ser tratado como conciencia capaz de juicio y se vuelve adhesión. Si acompaña el relato, es pueblo; si lo cuestiona, se vuelve obstáculo. Las instituciones, que deberían proteger a todos, empiezan a parecer estorbos cuando limitan al proyecto. La ley se honra mientras confirma la voluntad política; se desprecia cuando la contradice. Y cuando la política cruza esa frontera, ya no pide participación: pide fe. La consigna sustituye al juicio y el adversario deja de ser interlocutor para convertirse en amenaza moral.
El hombre de la carpeta sabe algo de esto, aunque no lo formule así. Ha escuchado muchas veces que se gobierna para él. También sabe que, si el trámite no sale, si el salario no alcanza, si la clínica no atiende o si la inseguridad cruza su camino, tendrá que resolver como pueda. No es un símbolo ni una víctima retórica. Es alguien que sostiene la vida. También es padre de un joven que ya no sabe qué esperar del país, votante al que otros prometen representar, hijo de una madre que llama antes de que pueda responder y vecino de un barrio que aprendió a cambiar horarios por miedo. Mira de reojo la ventanilla para no parecer impaciente; deja el audio de su madre a medias, como quien aplaza una petición que quizá no pueda atender; le avergüenza calcular si tendrá que pedir prestado antes de que termine la semana. Revisa si alcanzará para la medicina y para el pasaje de regreso; guarda doblados los recibos porque aprendió que alguna ventanilla puede volver a pedirlos; escribe una respuesta breve al jefe, la borra y guarda el teléfono sin enviarla. No dice que está cansado; tampoco que reclamar cuesta tiempo. Su heroísmo no tiene forma épica. Consiste en seguir respondiendo cuando nadie mira.
La precariedad no es solo falta de dinero. Es vivir con poco margen. Una enfermedad, una deuda, un despido, una falla administrativa, una llamada de la escuela o una calle insegura pueden desordenar el mes entero. En esa vida se cruzan la dignidad del trabajo y la humillación del trámite; la responsabilidad familiar y la inseguridad del ingreso; la esperanza de que los hijos estén mejor y la sospecha de que el país no cumple lo que promete. Hay una grandeza discreta en seguir de pie, pero una sociedad no debería descansar indefinidamente sobre la resistencia silenciosa de quienes han aprendido a aguantar.
También aquí aparece una tentación moderna: hacer de la vida humana algo enteramente administrable. No llega siempre con violencia. A veces llega con indicadores, protocolos, plataformas, evaluaciones, eficiencia y mejora continua. La técnica es indispensable para resolver necesidades reales, pero se vuelve insuficiente cuando pretende ser la medida total de lo humano. Puede ordenar procesos y, al mismo tiempo, no registrar la espera, el miedo, la vergüenza, la confianza, el arraigo o el sentido del trabajo. Una sociedad puede optimizar trámites y seguir humillando personas.
El joven abandonado a sus opciones, el ciudadano convertido en adhesión y el trabajador atrapado entre sistemas distintos revelan una misma fractura: hemos conservado palabras altas, pero hemos debilitado la comprensión que las sostiene. Libertad, dignidad, igualdad, derechos, justicia y bien común siguen siendo indispensables. La modernidad ha protegido bienes reales frente a abusos reales, pero esas conquistas se vuelven frágiles cuando se separan de una idea suficiente de persona. La libertad necesita más que ausencia de coacción; necesita orientación al bien. Los derechos se desordenan si no reconocen deberes, vínculos y bienes humanos objetivos. La igualdad pierde humanidad si no sabe mirar la singularidad de cada rostro.
La dignidad se prueba precisamente donde la utilidad termina. Vale el joven que no sabe todavía hacia dónde dirigir su vida. Vale el ciudadano que piensa distinto. Vale el trabajador cansado antes de que rinda otra hora. Vale el enfermo, el anciano, el no nacido, el pobre, el culpable, el adversario y quien no devuelve beneficio visible. Si ese valor dependiera de la ley, del consenso, del mercado o del poder, dejaría de ser inviolable. La ley puede reconocerlo; no lo inventa. El Estado puede protegerlo; no lo concede. La mayoría puede declararlo; no lo funda.
No hace falta compartir la fe cristiana para advertir que algo se rompe cuando una vida queda medida solo por su fuerza, su utilidad o el reconocimiento que recibe. La razón también puede ver esa herida. Puede verla en el joven reducido a consumidor de opciones, en el ciudadano tratado como adhesión política, en el trabajador contado por horas, documentos y rendimiento. La tradición cristiana no cancela esa búsqueda ni la convierte en consigna: la lleva a su hondura última. Porque una dignidad que no nace del poder, del mercado ni del consenso tampoco puede descansar en lo que ellos decidan mañana.
Hay bienes que no se dejan manipular sin que la vida se empobrezca. Lo sabe quien ha visto una conciencia comprada, una familia rota por el miedo, un trabajo convertido en desgaste sin reconocimiento, una autoridad que castiga la verdad o una libertad reducida a capricho. La vida humana enseña, a veces por herida, que no todo depende del acuerdo de una época.
Reconocer que la persona no es dueña absoluta de sí misma no empobrece su libertad; la protege de reducirse a objeto de su propio poder. La persona es libre, pero no se realiza inventándose desde la nada, sino respondiendo al bien que es capaz de reconocer.
Nadie se da el ser, nadie aprende a hablar solo, nadie se cuida al nacer, nadie se perdona completamente a sí mismo, nadie se salva socialmente sin otros. La autosuficiencia absoluta no engrandece al hombre; lo deja sin suelo.
Por eso la pregunta por Dios no aparece como un añadido devocional ni como una imposición externa. Aparece cuando se busca una raíz suficientemente honda para una dignidad que no puede quedar a merced de la utilidad, del poder o del yo. La revelación cristiana afirma que la persona es creada, amada y llamada. No anula lo que la razón alcanza a ver; lo lleva hasta su fuente. Nadie pertenece al Estado como instrumento, ni al mercado como mercancía, ni a sí mismo como objeto. La vida se recibe antes de elegirse, y esa recepción no cancela la libertad: la hace posible.
Cuando Dios permanece como horizonte, ninguna realidad temporal puede reclamar la totalidad de la persona. El Estado no puede exigir obediencia absoluta; el mercado no puede reducirlo todo a precio; la política no puede confundirse con el Reino, y el propio yo no puede encerrarse en sí mismo sin empobrecerse. Si ese horizonte desaparece, la necesidad humana de absoluto no se extingue; con frecuencia se traslada a realidades finitas que no pueden sostenerla. Entonces la nación, la causa, la técnica, el éxito, la identidad o el deseo empiezan a reclamar sacrificios que ninguna realidad temporal debería exigir.
Esa afirmación, sin embargo, necesita atravesar una objeción honesta. En sociedades plurales, y más aún en pueblos donde el nombre de Dios ha sido usado a veces para cubrir abusos, justificar privilegios o disciplinar conciencias, la apelación a un fundamento cristiano no puede hacerse como si nada hubiera ocurrido. La sospecha de muchos no nace siempre de hostilidad a la fe; nace también de heridas reales. Temen que la fe, cuando habla de la dignidad humana, de la justicia y del sentido de la vida común, vuelva a confundirse con imposición, poder o exclusión. Esa sospecha merece ser tomada en serio, porque la tradición cristiana ha sido traicionada cada vez que se ha invocado para dominar en lugar de servir.
Pero reconocer esa herida histórica no obliga al silencio. Entre imponer la fe y replegarla por completo existe un camino más difícil: ofrecer razones, aceptar la crítica, servir sin pretensión de dominio y dar testimonio. Una sociedad plural no se vuelve más libre expulsando de antemano toda referencia religiosa; simplemente adopta otra antropología, muchas veces menos visible. El cristianismo no necesita privilegio político para hablar de la persona. Necesita coherencia para mostrar que su visión del hombre protege mejor al débil, limita mejor al poder y sostiene una esperanza que no requiere dominar para ser verdadera.
El bien común deja de ser una fórmula cuando una familia cambia sus horarios por miedo, cuando un barrio deja de confiar en la autoridad, cuando una madre duda si denunciar o callar. Significa poder vivir sin terror, educar sin cinismo, trabajar sin humillación, circular sin cálculo permanente y disentir sin ser tratado como enemigo. No es la voluntad del gobernante ni la suma de intereses privados; es el tejido de condiciones que permite que la dignidad no quede reducida a palabra solemne.
Cuando la persona queda sola entre un Estado que no alcanza y un mercado que exige, necesita lugares donde todavía pueda ser llamada por su nombre: familia, escuela, barrio, municipio, empresa responsable, asociación libre, comunidad religiosa. La subsidiariedad no idealiza esos ámbitos; los defiende porque sin mediaciones cercanas la persona queda frente a estructuras demasiado grandes para su fragilidad.
Y cuando el joven cree que debe inventarse entero, el ciudadano sospecha de todos y el trabajador sostiene lo que otros no ven, la solidaridad deja de ser una consigna amable. Nadie vive solo. Llegamos a la vida por otros y solo maduramos cuando aceptamos que nuestra libertad está vinculada al bien ajeno. En Hispanoamérica esta verdad se ve todos los días: familias que cuidan, vecinos que avisan, comunidades que cooperan, redes silenciosas que impiden que el abandono institucional se convierta en derrumbe. Esa generosidad no sustituye la responsabilidad pública; la reclama.
La salida no consiste en negar la gravedad del abandono ni en prometer una reconciliación fácil. Comienza cuando la persona vuelve a ser recibida antes que utilizada: en una familia que no solo resuelve urgencias, en una escuela que forma juicio, en una autoridad que protege sin apropiarse de la vida, en un trabajo donde el cansancio no se vuelve invisible, en comunidades capaces de acompañar sin encerrar. No se trata de inventar un refugio perfecto contra el mundo, sino de reconstruir mediaciones donde alguien pueda volver a ser tratado como alguien.
Esa reconstrucción exige mirar de otro modo. El joven necesita razones, memoria y una esperanza que no le mienta. El ciudadano necesita instituciones que respeten su juicio y limiten al poder incluso cuando el poder dice hablar en su nombre. El trabajador necesita condiciones donde cuidar a su madre, responder al jefe, volver a casa y descansar no parezcan privilegios. Una sociedad empieza a salir del abandono cuando deja de pedirle a los más frágiles que sostengan solos lo que debería sostenerse entre todos.
Toda verdad sobre la persona se vuelve frágil si no cambia el modo de tratarla. No basta defender la dignidad en abstracto: hay que reconocerla en el pobre, en el adversario, en el joven confundido, en el trabajador agotado, en el enfermo, en el migrante, en el no creyente y en quien ha sido herido por la propia institución religiosa. Una antropología solo se vuelve creíble cuando aprende a mirar.
El hombre de la carpeta sale por fin de la oficina. No celebra; apenas guarda los papeles, dobla el recibo nuevo junto a los otros y escucha otra vez el audio de su madre mientras camina hacia el transporte. Antes de responder, mira la hora. En la pantalla lo esperan el jefe, las noticias, las promesas. Tal vez en casa un joven intenta imaginar su futuro; tal vez en la próxima elección alguien volverá a decirle que habla en su nombre. Él acomoda la carpeta bajo el brazo, busca unas monedas para el pasaje y, antes de subir, vuelve a escuchar: “mijo, cuando puedas…”.